PENSARME DESTERRADA

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Cuento Pensarme Desterrada

Cuando el auto dobló la esquina distinguí la furia, no lo vi. Fue el ruido impactante el que advirtió peligro. Fue el acelere y las llantas empecinadas en dejar su huella en el asfalto, para que a nadie le importe.

Ese día supe que me iba. Pero a diferencia de las vacaciones planeadas en familia o un fin de semana organizado con compañeras y compañeros, no sabía dónde.

Todo empezó antes de que yo comenzara a advertir el peligro. Pintaba una bandera con la consigna “Peón Vuelve”, y tenía la certeza y la intención que, una vez desplegada, los transeúntes se cuestionaran que peón debía volver. Pinté “peón” para no escribir “trabajadores”. ¿Por qué?

La Dictadura Cívico Militar de 1976 había comenzado hace unos meses, y todo lo que oliera, presumiera o anunciara trabajo era motivo suficiente para asociarlo con el fantasma de un comunismo, un comunismo distractor cuestionado en todas las Casas: la Blanca, la Rosada. Hablar de trabajo, para entonces, tenía tufo a gremio, a organización, a reclamo: y eso ponía en peligro la Reorganización Nacional.

No pinté una bandera, pinté miles. Participé de reuniones y elevé informes. Redacté volantes, nunca anónimos. Organicé charlas, promoví el debate, corté calles y fundé esperanzas. Dispuse… Dispusimos alma y vida… Quise, hasta que ese auto dobló la esquina, quise…Quisimos…

Aceleré el paso evitando la corrida, pero cuando la tracción del embrague anunció la tercera no tuve opción: corrí sin causa, sin esperanza, hacia ninguna parte. Mi objetivo se había desdibujado, el de ellos estaba clarísimo.

Me agarraron en la intersección de Vicente Zapata y Salta. ¡Capucha y adentro! Siempre dependí del reloj para anunciarme al tiempo. Esta vez, sin él, lo calculé claro: 35 minutos precedieron a la disminución de la marcha y al golpeteo de un portón, al grito de ¡Abrime, venimos con carga!

Agonicé seis meses: entre tápers de plástico con poco menjunje; ropaje escaso; una hora diaria de picana; día por medio un abuso sexual; un chorro de agua semanal para el aseo personal; y recurrentes preguntas: ¿tenés información? ¿nombre de guerra?…

¿Qué guerra? …. Me preguntaba. Tantos años oponiéndome a acciones bélicas, a la opción por las armas, y querían reducir mi identidad a un nombre de guerra.

Algunos días me cuestionaba por qué me metí en esto, otros, me sentía con la fuerza suficiente para desmontar ese galpón con fachada chacarera. Pero había un pensamiento que no me abandonaba nunca: pensarme desterrada.

Un día se acercó un guardia, me dio una hoja y un lápiz, y me dijo:

– ¡Escribile a tu vieja!, debe estar preocupada

Con humildad quise, y por el destierro que me recorría el alma cambié de destinataria. Hablándole a mi vieja, le escribí a la PATRIA.
Te he recorrido más veces de los que los años me permiten. Conozco tu puerto, la calle más ancha, me mojé con la brisa del río más largo, y me dejé atemorizar por las voluptuosas montañas. Sentí frío en la Patagonia, admiré tus monumentos y volví con el tango.
Prendí un fuego con amigos, tomé mate con todas las madres, canté el himno mientras tendía ropa, me conmoví con la historia de tus fusilamientos, lloré por las sonrisas satisfechas de pocos, y a Malvinas me juré volver.

Vi cómo el hambre hacía censos, las mujeres historia y los patriotas ejemplo. Me encrespé el pelo con tu humedad, enrojecí la piel con tu sol y coarté mis manos en lo áspero de tu tierra.

Te recorrí de “pé” a “pá”, sin caminar, sólo por el amor que te tengo. ¿Qué pasa ahora? ¿Qué pasa que no te siento?
Estoy en otro lugar, sin continente, sin frontera, y sin suelo. Siento el abandono de la bandera, la ausencia del abrazo de una movilización al Congreso ¿Dónde estás PATRIA que no te veo?

Cuando terminé la carta me reproché cuestionarla tanto, quizás ella me buscaba… ¡Y yo creyendo que las huellas a nadie le importaban!
Ahora que estoy afuera, que ya se lo que es la libertad entiendo… Cuando firmé ese papel y lamí el sobre como única acción de seguridad, lo que hice fue disponerme a una sentencia, sin acuse de recibo, que algunos cobardes impusieron.

Fue el impacto de un proyectil el que me empozó hasta acabar con mi vida… ¡Jamás con mi historia! Porque estoy… Estamos en la memoria de quienes nos recuerdan. Y mi PATRIA lo hace a diario, con una insistencia que incendia.

Malvina Nomeolvide

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